 El
redescubrimiento de las antiguas culturas del Sudán
El primer europeo que fue
más allá de la Quinta Catarata del Nilo lo hizo a principios del
siglo XVIII, pero no fue sino hasta comienzos del XIX que los viajeros
se atrevieron a cruzar distancias tan grandes y regiones tan peligrosas
para descubrir los vestigios de un olvidado reino africano post-faraónico:
Meroe y la cultura meroítica.

Primeras exploraciones
La historia conocida de aquellos pioneros
que visitaron la región de Butana - ubicada a mitad de camino
entre las Quinta y Sexta Cataratas y rodeada por las aguas del río
como si fuera una isla, al noreste de Jartum, la actual capital
de la República del Sudán -, quiere que el primero
que se allegara hasta el lugar y, más precisamente, a la
necrópolis real de Meroe, fuera el explorador escocés
James Bruce, en 1722, quien brindó en sus memorias de viaje
una muy exacta descripción del cementerio.
Las siguientes noticias vienen de la mano
del geólogo francés Frédéric Cailliaud
y datan de fines de marzo de 1822, cuando se encontraba en Naqa,
una de las ciudades aledañas a Meroe y, un siglo después
que Bruce, visitaba la propia Meroe levantando un detallado plano
de la zona y dibujando las construcciones y sus relieves.
Cailliaud había partido de El Cairo
en octubre de 1820, acompañado del marino Pierre-Constant
Letorzec, que oficiaba como su asistente personal, a fin de reunirse
con el ejército egipcio de Ismail Pachá que estaba
en campaña para conquistar el Sudán.
Cailliaud había sido presentado a
Mohamed Alí por Drovetti, el cónsul franés,
en agosto de 1816, cuando el bajá le nombró minerólogo
oficial de su gobierno y le encargó redescubrir las
minas de esmeraldas de tiempos ptolemaicos que se encontraban en
alguna parte del Desierto Oriental. Ambos viajeros alcanzaron a
las tropas a la altura de la Cuarta Catarata, en la localidad de
Nuri, en febrero de 1821.
Fascinados por lo que habían visto volvieron en 1822, en
compañía de Linant de Bellefonds, y pasaron diecisiete
días en Yebel Barkal, antiguo asentamiento de Napata, uno
de los centros religiosos más importantes del reino meroítico.
Su tarea quedó materializada en veintiséis
láminas que ilustraban las trece pirámides y seis
templos erigidos en ese sitio. Algunos templos estaban consagrados
a dioses todavía desconocidos, pero otros estaban dedicados
a dioses egipcios como Amón, Hathor y Bes, entre otros; aunque
en aquellos días todo intento de identificación fuera
imposible. Recién ese mismo año J.-F. Champollion
presentaría su memoria sobre la traducción de los
jeroglíficos egipcios.
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