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Escritura
 
De la carne al oro:
Reflexiones sobre la alquimia de la momificación

    Por algún tiempo, me he visto crecientemente inclinado a favorecer el punto de vista que dice que la transmutación del cuerpo en el proceso de momificación fue un acto alquímico prototípico, una sugerencia que es sostenida por la asociación y, a veces, identificación de la momia con el “oro”.

    En un excelente artículo, el Dr. Terence DuQuesne nos brinda la mejor discusión disponible a la fecha sobre los orígenes egipcios de la Alquimia. Allí analiza el trabajo del holandés B.H. Stricker sobre la llamada Tabula Smaragdina o Tabla de Esmeralda, quien la identifica con “una estela dedicada al dios de la sanación, Imhotep, que fue erigida cerca o dentro del Anubeion”. No es difícil considerar las tradiciones relativas al “hallazgo” de textos del Libro de los Muertos por Hordyedef, en recintos sagrados, inscriptos en piedra, como antecedentes de las tradiciones sobre la Tabla de Esmeralda; especialmente, cuando leemos que las inscripciones eran “incrustadas con lapizlásuli”.

    La indagación de DuQuesne acerca del papel principal del oro y los metalúrgicos (o “herreros”, como les llamaríamos hoy en día) respecto del origen de la Alquimia en Egipto, en la que ha explorado las conexiones “sagradas” de la herrería, invitan a la comparación con el papel jugado por los caldereros y metalúrgicos de muchas otras culturas.

    Los metales son una parte del cuerpo divino mismo, al igual que la tierra. Así, los herreros son figuras intermediarias que unen la frontera entre la superficie y el mundo inferior, como es el caso en las tradiciones en que actúan enanos caldereros y mineros. Este tipo es representado en Egipto por los artesanos que son enanos y por “Ptah, el Enano”, representado en las figuras descriptas por Heródoto como pataikoi.

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